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Conociendo a las mariposas

El ciclo biológico de una mariposa

Durante siglos coexistieron explicaciones erróneas sobre el origen de los insectos, entre ellas la llamada “generación espontánea”. En ese contexto, Maria Sibylla Merian (siglo XVII) destacó por observar, describir e ilustrar con detalle las fases de desarrollo de numerosos insectos, contribuyendo a afianzar una mirada basada en la evidencia.

En las mariposas, el desarrollo corresponde a una metamorfosis completa (holometábola), con cuatro etapas bien definidas: huevo, larva (oruga), pupa (crisálida) y adulto (imago). Comprenderlas permite interpretar mejor su ecología y, con ello, la importancia de conservar tanto las especies como los hábitats de los que dependen.

1. Huevo: el inicio del ciclo

Huevos de Thecla betulae

Huevos de Thecla betulae (topacio)

El huevo es la primera fase. Se deposita sobre o cerca de la planta nutricia (a menudo en hojas, pero también en yemas, tallos, ramillas o incluso en la corteza, según la especie). Está rodeado por el corion, que protege al embrión, y presenta una zona micrópilar, una estructura asociada a la fecundación. La forma, el relieve y el color varían mucho entre especies y pueden favorecer el camuflaje.

La puesta puede ser aislada o en pequeños grupos. En algunos casos, a medida que avanza el desarrollo embrionario, el huevo se vuelve más translúcido y permite intuir la larva en su interior. Tras la eclosión, es frecuente que la oruga consuma total o parcialmente el corion: aporta recursos y, además, reduce restos visibles en la planta, lo que puede disminuir señales aprovechables por depredadores o parasitoides.

En ciertas especies, los adultos son discretos y difíciles de observar, pero sus huevos se localizan con relativa facilidad si se buscan en el lugar y el momento adecuados. Un ejemplo es la topacio (Thecla betulae), cuyos huevos pueden encontrarse en invierno en ramillas de endrino (Prunus spinosa) y otras rosáceas. La Asociación Española para la Protección de las Mariposas y su Medio (ZERYNTHIA) ha elaborado un documento para el censo y seguimiento de esta especie.

2. Oruga: la fase de crecimiento

Tras un periodo variable (días o semanas, según la especie y las condiciones), emerge la larva, conocida como oruga. Es la principal etapa de crecimiento: su objetivo principal es alimentarse y aumentar rápidamente de tamaño. El cuerpo es segmentado y se organiza en cabeza, tórax y abdomen. La mayoría se alimenta de tejido vegetal y muchas especies mantienen una relación estrecha con una o pocas plantas nutricias.

Eclosión de Charaxes jasius

Eclosión de Charaxes jasius (mariposa del madroño)

Las orugas pueden presentar coloraciones crípticas o llamativas, espinas, pelos u otros rasgos defensivos. Además, muchas producen seda, útil para fijarse al sustrato, construir refugios o desplazarse con mayor seguridad. En determinados grupos —por ejemplo, en papiliónidos— la oruga se sujeta para pupar mediante un cremáster y, a menudo, una faja de seda que actúa como soporte, visible en especies como la podalirio (Iphiclides feisthamelii) o la macaón (Papilio machaon).

Durante esta etapa, la oruga muda varias veces; cada fase entre mudas se denomina estadio larvario. Lo habitual son cinco estadios, aunque el número puede variar según la especie y, en ocasiones, según las condiciones ambientales.

Oruga de Papilio machaon

Oruga de Papilio machaon (macaón)

Crisálida de Charaxes jasius

Crisálida de Charaxes jasius (mariposa del madroño)

3. Pupa o crisálida: la gran transformación

Cuando la oruga alcanza el tamaño adecuado, deja de alimentarse, busca un lugar protegido y se fija al sustrato para pupar. En muchas mariposas diurnas hablamos de crisálida; en numerosas polillas, la pupa queda envuelta en un capullo de seda. Desde fuera parece una fase tranquila, pero es justo lo contrario: se reorganizan tejidos, se remodelan estructuras y se ensamblan los rasgos del adulto (alas, musculatura de vuelo, aparato reproductor y órganos sensoriales). No es una “destrucción total”, sino un proceso ordenado, con partes que se degradan y otras que se conservan y se transforman.

La duración de esta etapa varía mucho. En especies de varias generaciones puede ser breve, pero en otras se activa la diapausa, un “modo espera” que permite sincronizar la emergencia con el clima y la disponibilidad de recursos. En casos extremos, la pupa puede prolongar esa espera durante más de un año. Se ha documentado, por ejemplo, que en la polilla Eriogaster catax algunas pupas pueden permanecer varias temporadas antes de emerger. También se ha descrito diapausa pupal prolongada, de hasta tres años, en la mariposa Zegris eupheme.

4. Adulto (imago): dispersión y reproducción

Cuando la crisálida eclosiona, el adulto emerge con las alas aún blandas y plegadas. Durante unos minutos bombea hemolinfa para expandirlas y permanece inmóvil mientras se endurecen y adquieren consistencia. Solo entonces puede volar con normalidad. A partir de ese momento, la vida adulta se centra en dos tareas principales: reproducirse y dispersarse.

En la mayoría de las especies, alimentarse es imprescindible y suele basarse en líquidos —néctar, savia o jugos de frutas en descomposición— que se absorben con la espiritrompa (probóscide). Sin embargo, no todos los lepidópteros se alimentan como adultos. En varios grupos de polillas, especialmente en satúrnidos, el aparato bucal está reducido y el adulto vive de las reservas acumuladas durante la fase larvaria; un ejemplo bien conocido es Saturnia pyri, el mayor satúrnido de Europa. También ocurre en algunos esfíngidos, como la esfinge ocelada (Smerinthus ocellata), que completa su vida adulta sin alimentarse.

En no pocas mariposas el dimorfismo sexual es evidente y se aprecia a simple vista. Por ejemplo, en diversos licénidos, los machos suelen mostrar tonalidades azules en el anverso alar, mientras que las hembras presentan tonos más pardos, como ocurre en el ícaro (Polyommatus icarus).

Polyommatus icarus macho

Hembra de Polyommatus icarus (ícaro)

Polyommatus icarus hembra

Macho de Polyommatus icarus (ícaro)